Recuerden la importancia del sustento teórico de su examen. Una vez que tengan el material de sus personajes, ya sea en video, grabaciones o texto y fotos, acudan a las lecturas de cultura urbana y de los temas adicionales que crean apropiados para darle forma, sólo allí su trabajo tendrá sentido como un REGISTRO DE IMAGINARIOS SOBRE LA CIUDAD.
Aquí recomiendo las etiquetas más importantes.
Blog de la materia | Ayudante de Cátedra: Camila Carrión @camilala9
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martes, 18 de diciembre de 2012
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Armando Silva: Imaginarios Urbanos
(apuntes editados como material de clase)
TEORIA DE IMAGINARIOS URBANOS.
(Imagen: Artista Marita Ibañez)
La teoría de los imaginarios urbanos trata de explorar las condiciones perceptivas y cognitivas que caracterizan la vida urbana en las sociedades contemporáneas. Unas sociedades marcadas por el espectacular desarrollo que han experimentado las tecnologías digitales y por el papel clave que desempeña la información en todas las esferas de la vida de los ciudadanos. Ese desarrollo nos obliga a repensar muchas de las definiciones de conceptos como espacio público o ciudadanía propuesto por disciplinas "modernas y completas" como la antropología, la sociología o el urbanismo. "En el contexto actual, explicó Armando Silva, se produce un desplazamiento en la identidad del sujeto que protagoniza la construcción social. Ya no es la comunidad, sino el individuo, ya no es la masa (el pueblo, la nación, la clase obrera...), sino la multitud (concebida desde una dimensión lingüística como enunciación, o desde una dimensión política, cercana a la perspectiva de Toni Negri, como conjunto de subjetividades autónomas pero interconectadas en red) o el grupo (entendido como proyección de unos intereses colectivos que forman una comunidad social transitoria y trans-urbana)".
En su presentación del seminario-taller
Imaginarios urbanos: hecho público, Armando Silva, escritor con PhD en
Filosofía y Literatura Comparada de la Universidad de California y estudios
doctorales en Semiótica y Psicoanálisis en la Ecole de Hautes Etudes en
Ciencias Sociales de Paris y en la Universidad de Roma, explicó que su teoría
de los imaginarios urbanos se configura alrededor de un juego de seis
combinaciones que interactúan entre sí como un mapa lógico y nos permiten
distinguir la ciudad de la modernidad de la urbe contemporánea (caracterizada,
entre otras cosas, por sus múltiples y variables ejes de articulación, su
crecimiento difuso y fragmentado y su carencia de centro).
- El primer juego de oposición parte de
la premisa de que, en la actualidad, lo urbano no es sólo una categoría
geográfico-espacial, sino, ante todo, un territorio simbólico, en permanente
construcción y expansión, que excede los límites físicos de lo que
tradicionalmente se ha considerado ciudad. En la sociedad contemporánea, la
definición de ciudad se basa más en criterios temporales que espaciales. Por
ello, la teoría de los imaginarios urbanos plantea la necesidad de pasar de una
ciudad pensada en el espacio a un urbanismo ciudadano pensado en el tiempo. En
este sentido, Armando Silva recordó que el escritor argentino Jorge Luis Borges
ya aseguraba que era posible imaginar un mundo sin espacio, pero no un mundo
sin tiempo. "Porque el espacio es externo y, de algún modo, ajeno al
individuo, pero el tiempo está en los sujetos: es lo que pasa, como lo
entendería Heidegger; o los que nos sucede, como lo dimensiona Freud",
explicó Silva. Actualmente, la sociedad está experimentando un profundo proceso
de desterritorialización que, en su opinión, hace que en la investigación sobre
las nuevas realidades urbanas, el foco de atención analítico se desplace desde
la arquitectura a las culturas.
- Uno de los hechos más significativos
del mundo contemporáneo es que, por primera vez en la historia del ser urbano,
se está desarrollando un urbanismo sin ciudad. "Pues los ciudadanos,
explicó Silva, se urbanizan sin necesidad de vivir en ciudades. O al menos, sin
vivir en ciudades con límites precisos, centros históricos y/o comerciales
reconocibles y una distribución radial (el modelo de ciudad que ha imperado en
Occidente durante la era moderna)". Por ejemplo, más de la mitad de la
población de EE.UU vive en localidades plenamente urbanizadas, pero que carecen
de todos los atributos con los que tradicionalmente se ha identificado a las
ciudades. También el surgimiento de megalópolis como México D.F. o Sao Paulo
-que han crecido de forma incontrolada por la incorporación desordenada de
sucesivos núcleos poblacionales a lo largo de las últimas décadas del siglo XX-
está relacionado con la expansión y consolidación de ese urbanismo sin ciudad.
Además, no hay que olvidar que
actualmente, gracias a la tecnología, una persona puede acceder sin moverse de
su casa -esté ésta donde esté- a muchos bienes y servicios que hasta hace poco
tiempo sólo se ofrecían en las grandes ciudades: desde espacios de encuentro
con individuos de gustos y aficiones parecidas (los chats y foros se han
convertido en nuevas plazas públicas de la sociedad red) a servicios
administrativos, burocráticos y financieros (en los últimos años, Internet se
ha llenado de oficinas virtuales). "De hecho, señaló Armando Silva, en
algunas zonas de EE.UU, ya se han tenido que poner en marcha iniciativas
públicas para potenciar el uso físico de las ciudades, mientras en América
Latina crece la preocupación por el abandono de sus centros históricos".
A juicio de Armando Silva urbanizar es
mucho más que poblar el mundo de ciudades. "La urbanización, explicó,
genera paradigmas cognitivos y normas sociales que determinan nuestro
comportamiento y nuestras relaciones con los demás". Así, tras los
atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, el poder está intentando
urbanizarnos en el terror y para ello están favoreciendo la creación de
auténticas "ciudades (y edificios y casas y apartamentos) fortalezas"
dotadas de herramientas tecnológicas que permiten controlar y vigilar los
movimientos de los ciudadanos (a los que se convierte, automáticamente, en
individuos sospechosos). "En este contexto, advirtió Silva, el miedo ya no
es sólo un instrumento que utiliza el poder de forma excepcional para encauzar
situaciones conflictivas, sino que encarna el rostro cotidiano del poder
contemporáneo". Si antes se nos identificaba con un análogo físico, una
foto (que representaba el símil de uno mismo), a día de hoy, en ciertos aeropuertos,
uno de los espacios más globalizados que existen (y donde todos somos
sospechosos), se nos puede identificar por un elemento químico: el ADN. Se pasa
así de un proceso de identificación montado sobre la iconografía a otro que
utiliza restos del cuerpo. "Es decir, subrayó Silva, de lo similar -una
imagen fotográfica-, a lo deducible en un laboratorio -un pedazo de mí
materialidad corpórea, el ADN-. De lo indicial a la certeza".
- Frente a la noción (ya desgastada por
el uso mediático y político) de globalización, Armando Silva prefiere hablar de
expansión de culturas trasnacionales. "La amenaza, señaló, de que la
globalización aplastaría las identidades locales propiciando una total
homogeneización cultural, no se ha cumplido. Sin embargo, nadie puede dudar de
que cada vez hay más fenómenos culturales transnacionales". Por ejemplo,
jóvenes de países muy distintos y distantes comparten los mismos referentes
culturales, vistiéndose de una manera similar, escuchando músicas semejantes y
reuniéndose en espacios -físicos y virtuales- muy parecidos (centros
comerciales, chats...).
En el mundo contemporáneo, el
Estado-nación, concebido como "unidad de destino en lo universal", ha
entrado en crisis. Y si en la modernidad, la mayor parte de las relaciones
entre países distintos se producía a nivel estatal, a día de hoy, cobran cada
vez más fuerza y protagonismo las alianzas estratégicas que se establecen entre
ciudades. "Como ocurre en este proyecto, señaló Armando Silva, que
relaciona Buenos Aires con Bogotá, Lima o Sevilla, y no Argentina con Colombia,
Perú o España". A su vez ha entrado en crisis el concepto de "espacio
público" (heredado de la Revolución Francesa), apareciendo fenómenos como
las llamadas "ciudades corporación" o los Centros Comerciales que,
aparentemente, son "públicos", pero tienen reservado el derecho de
admisión. También Internet o los sistemas de televisión digital representan
actualizaciones contemporáneas de ese noción de "espacio público"
(que no es algo que venga dado, sino que se tiene que conquistar), pues ambos
medios permiten el desarrollo de nuevos conceptos de vecindad, donde se mezcla
el interés por lo local con la posibilidad de acceder a informaciones, debates
y productos generados en puntos remotos del planeta. Todo esto hace que
distintos autores e investigadores (desde el catalán Manuel Delgado al
latinoamericano García-Canclini) vean en la defensa y reivindicación de este
"espacio público" una de las principales estrategias para propiciar
una mayor democratización de nuestras sociedades.
- La teoría de los imaginarios urbanos
se construye sobre la tesis de que en las últimas décadas se ha producido un
importante giro en la economía de las sociedades occidentales (y, por
extensión, del resto del planeta), pasándose de un capitalismo basado en la
producción a un capitalismo basado en el consumo. "Según el psicoanálisis,
recordó Silva, el sexo se enmarca en el ámbito de las pulsiones, no de los
instintos (que son aquellas necesidades que tenemos que satisfacer obligatoriamente
para poder sobrevivir: es decir, beber, comer y soñar). Y por analogía, el
consumo es pulsión: la compulsión a la compra". En la modernidad, la
organización económica capitalista respondía a criterios racionales. Sin
embargo, a día de hoy, el sistema productivo capitalista no trata de satisfacer
las necesidades de los sujetos, sino que se dirige a sus pulsiones y deseos. El
sistema de producción corporativo de hoy es absolutamente racional, pero para
los ciudadanos el consumo es emocional "Antes, indicó Armando Silva, los
niños y niñas tenían un muñeco, ahora poseen decenas, miles de barbies
coleccionables. Y cada cierto tiempo (cumpleaños, navidades...) van recibiendo
nuevos regalos a los que, con frecuencia, ni siquiera prestan atención".
En esta nueva fase del capitalismo, han
aparecido fenómenos como el "shopping" que consiste, no exactamente
en ir de compras, sino en "pasear la ciudad" haciendo escala en
algunos de los nuevos templos de las urbes contemporáneas -los grandes almacenes
y los centros comerciales- con la ilusión de consumir algo. Según Armando Silva
la irracionalidad consumista está en la propia base de la sociedad
contemporánea. Una irracionalidad que nos conduce a una situación paradójica:
no se puede consumir tanto porque el mundo no tiene recursos suficientes; pero,
al mismo tiempo, no se puede dejar de consumir porque entonces se desmoronaría
la maquinaria productiva que permite la supervivencia del sistema (y, por
tanto, la supervivencia de los mismos trabajadores).
- A la teoría de los imaginarios urbanos
no le interesa, por tanto, enfocar la "ciudad real", sino la ciudad
imaginada que no se define en términos geográficos y administrativos, sino en
términos psicológicos y simbólicos. Armando Silva parte de la certeza de que el
orden imaginario desempeña un papel clave en la vivencia y percepción de una
ciudad.
A su juicio, en las sociedades
contemporáneas, la construcción de estas ciudades imaginadas se encontraría
determinada por este juego de seis combinaciones que interactúan entre sí para
definir el paso de una sociedad pensada en sus hábitos sociales hacia otra
pensada en las pulsiones psicológicas, adelantando así las precondiciones
dentro de las cuales se escenifican los imaginarios sociales: espacio / tiempo;
ciudad / urbanismo; localidad / globalidad (o mejor transnacionalidad); imagen
analógica / imagen pos-icónica; producción / consumo; ciudad real / ciudad
imaginada.
En el primer escenario se marca la
desterritorialización del lugar arquitectónico como objeto físico y el paso
hacia una noción de red y de interacción perceptiva. En el segundo, el
desarrollo de "urbanismo sin ciudad" como situación particular de la
época en donde no se requiere vivir en un casco citadino para ser urbano y
sujeto a la urbanización. En el tercero, los efectos de la superación de los
límites de las ciudades, de las naciones, de los lugares, para ceder a un orden
trasnacional que reelabora lo local en lo económico, lo mediático, lo
tecnológico y lo cultural. En el cuarto, la redefinición del estatuto de la
imagen de naturaleza analógica ante otra en que ya no se basa en la
reconstrucción de una semejanza a un objeto que busca representar en su
iconicidad, sino en un código matemático que surge de cálculos numéricos y que
arroja más bien similitudes (no semejanzas) para concebir nuevos percepciones
pos-icónicas.
En el quinto escenario, nos
encontraríamos ante el paso de una sociedad de la producción propia de la
modernidad industrial a otro modelo fundado en el consumo, en el cual la
fabricación de productos, sean de naturaleza física o virtual, se dispara a
limites "irracionales" (e inmedibles), pues ya no se trata de vender
ni de producir de acuerdo a "necesidades reales". Y en el sexto
escenario, nos topamos con la emergencia de un nuevo "urbanismo
ciudadano" que vive las ciudades según los imaginarios que los habitantes
hacen y comparten de ella, donde las percepciones grupales generan los nuevos
croquis ciudadanos y desde donde se puede pensar en conquistas sociales basadas
en deseos subversivos.
Estos puntos de vista ciudadanos, donde
los habitantes se urbanizan por ser ellos quienes las colman de sentidos, van a
desplegar muchas polifonías narrativas que hacen que la ciudad pueda ser
definida en calidad de un efecto imaginario de lo urbano (que viene desde
afuera y afecta a la ciudad urbanizándola). En fin, se fortalece el paradigma
de una ciudad imaginada propia de las mentalidades sociales y de materia etérea
que se sobrepone muy fuertemente a la ciudad física, más ligada a la tierra y
al soporte físico. La necesidad de abordar estos nuevos fenómenos urbanos
utilizando paradigmas psicológicos se explica en cuanto que las relaciones
entre individuo y sociedad quedan replanteadas a partir de nuevas cargas, tanto
en lo económico como en lo social, que recaen, en gran medida, sobre los
hombros de los sujetos individuales.
Las ciudades imaginadas se contraponen
así a la ciudad real, pero Armando Silva cree que "eso que llamamos
realidad, se produce más en las ciudades imaginadas que en las reales".
Por ejemplo, si en google pones Aracataca (la "ciudad real" en la que
nació García Márquez), salen muy pocas entradas; pero si introduces la palabra
Macondo (la "ciudad imaginada" por el autor de Cien años de soledad),
aparecen decenas de miles de registros. O como lo podemos ver en los avances de
los nuevos formatos televisivos (Reality, Talk Shows o concursos
espectaculares) que parecen cada vez mas concentrarse en los límites que pone
la misma pantalla, antes que en la realidad referencial (u objetiva),
instaurando una hiperrealidad imaginada que se ofrece como un equivalente de la
realidad. Investigadores del medio (como G. Imbert) se preguntan si la
televisión no se ha olvidado en su nueva fase del "mundo objetivo",
para recrear una escenificación de una realidad cada día mas autoreferencial (o
imaginada) dentro de una estructura comunicativa tan especular como
espectacular.
Por todo ello, la teoría de los
imaginarios urbanos -que Armando Silva describe como una "nueva
antropología del deseo ciudadano"- no busca verdades constatadas, sino
creencias compartidas (construcciones sociales). "Es una teoría, explicó
Armando Silva, que parte de la convicción de que en una ciudad hay muchas
ciudades hechas por puntos de vistas ciudadanos (la ciudad de los hombres y de
las mujeres, de los homosexuales y de los heterosexuales, de los niños y de los
mayores, de los ricos y de los pobres...), pues la experiencia urbana
contemporánea no es genérica, sino que está fraccionada". Los imaginarios
urbanos no pertenecen ni a individuos concretos, ni a la sociedad en su
totalidad. Son colectivos y reflejan los deseos, miedos, creencias y
sentimientos en general de grupos específicos de ciudadanos (las mujeres, los
niños, los emigrantes...).
De este modo, el objetivo de este
proyecto no es diseñar mapas empíricos que ofrezcan una representación global y
cerrada de la "ciudad real", sino crear "croquis"
-provisionales y variables- en los que se muestren distintas percepciones y
prácticas urbanas que conviven en una misma localidad. Siempre teniendo en
cuenta que dichas percepciones y prácticas están condicionadas tanto por la
experiencia grupal como por la imagen de la ciudad que construyen los medios de
comunicación (televisión, prensa, radio) y los relatos literarios y cinematográficos.
Los imaginarios urbanos son plurales y
polisémicos y, por tanto, exigen un abordaje teórico-práctico flexible y
multidisciplinar. "En una primera fase de la investigación, recordó
Armando Silva, nos centramos en la dimensión comunicativa de estos
imaginarios". Después, analizaron su potencial estético, vinculando
algunas producciones de este proyecto con propuestas de arte público (incluso
llegaron a presentar la investigación en el marco de la Documenta 11 de
Kassel). En el momento actual, también conciben los imaginarios como hechos
políticos capaces de generar "efectos ciudadanos que permiten una mayor
democratización de la sociedad". "En La Paz (Bolivia), ejemplificó
Silva, centenares de ancianos, parodiando los desfiles de las reinas de la
belleza, se manifestaron desnudos por una de las avenidas principales de la
ciudad (El Prado) para reclamar que se les pagara sus pensiones. De este modo,
utilizaban sus propios cuerpos desvencijados para mostrar simbólicamente su
miseria. Ese gesto performativo que jugaba con los imaginarios urbanos de la
capital andina, tuvo un enorme efecto político".
La teoría de los imaginarios urbanos
trata de estudiar cómo se enuncia (cómo se significa en una colectividad) la
ciudad desde una serie de determinantes narrativos (de puntos de vistas
ciudadanos) que, evidentemente, se cruzan entre sí. Tres de estos determinantes
proceden de las teorías sociológicas tradicionales: el género (que nos permite
conocer la ciudad masculina, femenina, gay...); la clase social (un factor
especialmente significativo en América Latina, donde las diferencias de clase
están muy acentuadas); y la edad (siguiendo la división en cuatro grandes
grupos propuesta por la UNESCO: 0-14 años, niños; 15-29 años, jóvenes; 30-65
años, adultos; más de 65 años; mayores). "A modo de ejemplo, indicó
Armando Silva, podemos decir que hay espacios urbanos en todas las ciudades que
son percibidos como muy peligrosos por las mujeres (sobre todo por las jóvenes)
y no por el resto de la población". Otros determinantes que se tienen en
cuenta son la formación académica, la ocupación profesional (la ciudad de los
oficinistas es muy distinta a la ciudad de los repartidores o de los obreros) o
la procedencia geográfica (por ejemplo, hay claras diferencias entre cómo
perciben una ciudad sus habitantes autóctonos y cómo la imaginan los
inmigrantes que acaban de llegar a ella) de los encuestados.
En los formularios, se mezclan preguntas
genéricas (que son comunes para todas las ciudades), con cuestiones concebidas
específicamente para cada localidad. De este modo, los formularios nos
proporcionan información concreta sobre, por ejemplo, qué tipo de transportes
utilizan los jóvenes sevillanos, cuál el punto de encuentro de los más mayores
en Montevideo o si en Lima existen espacios de ocio vedados a las clases más
acomodadas (y viceversa). Pero al ser procesados como registros numéricos e
introducidos en una base de datos, también nos permiten llevar a cabo estudios
comparativos entre las distintas culturas y ciudades analizadas.
Aunque utiliza herramientas
metodológicas de las ciencias sociales, la teoría de los imaginarios urbanos no
es estrictamente científica. No pretende buscar verdades, sino detectar
creencias compartidas. Y no importa que dichas creencias sean reales o
irreales, porque esta teoría se construye en el campo de lo simbólico, no de lo
empírico. "En cualquier caso, subrayó Armando Silva, se intenta ser lo más
riguroso posible. Por ejemplo, en la elaboración de los formularios se tiene
mucho cuidado, evitando que la redacción de las preguntas condicione las
respuestas que dan los entrevistados".
En estas investigaciones sobre los
imaginarios urbanos -que se pueden identificar con el fuera de campo de la
fotografía (pues son invisibles, pero activan la visibilidad)- el trabajo con
imágenes es muy importante. Por un lado, se recapitulan y analizan documentos
gráficos y audiovisuales pre-existentes sobre las ciudades estudiadas. Por otro
lado, se apuesta por la creación de producciones visuales propias. En ambos
casos, las imágenes son analizadas desde una perspectiva semiótica (con fuerte
referencia a Charles Peirce) para encontrar qué hay en ellas de contenido
social -de pose o studium, en la terminología de Roland Barthes- y qué de
contenido puramente visual (de punctum, siguiendo con la terminología del autor
de La cámara lúcida). A su vez, en el marco de estas investigaciones se
organizan recorridos por la ciudad, al estilo del flâneur (paseante) descrito
por Baudelaire y Walter Benjamin. Igualmente se llevan a cabo seguimientos
visuales de puntos concretos de la ciudad (mediante una observación
pormenorizada de sus cambios a lo largo del tiempo).
Por otro lado, desde la convicción de
que el imaginario de una ciudad también está en los "cachivaches" que
genera, se realizan las llamadas "arqueologías citadinas",
excursiones por el entramado urbano para recoger y catalogar todo tipo de
"objetos" (desde ruidos y voces a tarjetas postales, pasando por
carátulas de discos o muebles abandonados...) característicos de las
localidades estudiadas. "Estos objetos residuales, subrayó Silva, nos
permiten desentrañar la evolución de los gustos y de los intereses de los
habitantes de las ciudades analizadas, poniendo en marcha una especie de
operación deconstructiva que, con frecuencia, nos lleva al origen de ciertas
actitudes y tendencias detectadas en los formularios".
También se analiza cómo se ve y se
representa en cada ciudad las otras ciudades incluidas en el estudio.
"Hemos observado, señaló Armando Silva, que hay un gran desconocimiento
sobre cómo son el resto de las ciudades". En este sentido sorprenden
algunos datos. Por ejemplo, numerosos encuestados de Bogotá no tenían ninguna
referencia de Quito y sólo asociaban a Asunción con golpes militares y fútbol.
A su vez, en Barcelona (única ciudad europea que, hasta el momento, se ha
incluido en el estudio, aunque tras la incorporación de Sevilla existe la
posibilidad de extender la investigación a otras localidades de la cuenca
mediterránea), mucha gente se imagina Sao Paulo como una ciudad festiva y
pasional (confundiéndola con Río de Janeiro), mientras piensa que Bogotá (que
está a más de 2.500 metros de altitud) es un lugar cálido y soleado, como si
fuera una ciudad del Caribe.
Pero además de realizar estas tareas de
investigación y documentación -en las que, hasta ahora, han participado más de
400 personas-, Ciudades imaginadas se ha concebido en todo momento como un
proyecto propositivo. "Nosotros, comentó Silva, no nos contentamos con ser
investigadores sociales, también queremos ser productores de objetos
culturales". En este sentido se sitúan sus propuestas de
"representaciones urbanas paralelas" que incluyen, entre otras cosas,
pequeñas películas en vídeo que deconstruyen los códigos publicitarios para introducir
contenidos subversivos. A su vez, de cada una de las ciudades analizadas se
publica un libro (Bogotá imaginada, Barcelona imaginada...) en el que varios
escritores trasladan a un lenguaje literario los datos que se han ido
recapitulado a través de formularios, recorridos urbanos, análisis de noticias
aparecidas en prensa... "El objetivo de este taller, concluyó Armando
Silva, es montar un equipo de trabajo que explore los imaginarios urbanos de
Sevilla, de modo que en un par de años podamos publicar una primera edición del
libro Sevilla imaginada".
SOBRE PROYECTO EL PROYECTO CIUDADES IMAGINADAS
Comienzo por definir la ciudad que
buscamos dentro del proyecto que presento.
Hoy nos referimos a lo urbano no sólo en
cuanto al casco físico dentro de ciertos límites geográficos, pues no sólo el
mundo se globaliza, sino al mismo tiempo se urbaniza por fuera de las ciudades.
Por ello, la ciudad rompe, excede sus
definiciones tradicionales. No diría que la ciudad sea la urbe entendida como
el lugar donde se construye, sino más bien habría que entenderla hoy en calidad
de proyecto tanto de cultura como de gestión. Proyecto es una palabra que bien
integra los motivos arquitectónicos tradicionales de hacer ciudad, como son
manejo de unos volúmenes y la luz sobre un espacio y sus estilísticas, con lo
novedoso de ahora, que consiste en consolidar un paradigma temporal para
definir la ciudad más bien en cuanto a recorrido ciudadano.
En Estados Unidos más del 50 por 100 de
las ciudades se hacen siguiendo los «largueros » de las carreteras con
referencia a algunos puntos focales, como centros comerciales, centros
académicos o emporios industriales o aeropuertos regionales, entre los cuales
se elevan viviendas suburbanas. Pero este recorrido por el «larguero» se puede
asimilar a la ciudad del aire, esa otra que pasa por las redes telemáticas y
que se sobrepone a la física para intervenirla y temporalizarla como nunca
antes. La ciudad como proyecto querría decir que existe más en la mente que en
un centro geográfico. Quiere decir que vivimos una descentración de las
ciudades al mismo tiempo que se hacen esfuerzos por recuperar los centros
históricos. De modo provisional puedo decir que la ciudad es hoy día un
proyecto posturbano y que su definición va más del lado del sujeto que la vive
que del espacio en que se la construye.
En consecuencia, se ha vuelto importante
el estudio de los imaginarios urbanos, los cuales se preocupan por descifrar
los croquis ciudadanos antes que los mapas físicos de las ciudades. Los
imaginarios urbanos estudian la puesta en escena de deseos ciudadanos.
La ciudad siempre ha estado en deuda con
el teatro y lo sigue estando. Escenificar quiere decir hacer visible por
cualquiera de los medios en que hacen la representación urbana.
Sólo que al ser una teoría tanto del
teatro, sus polifonías, como del deseo, sus anhelos y frustraciones, se parte
de que tales visibilidades son complejas. El deseo, más que cualquier otro tema
humano, se presenta enmascarado. En ocasiones sale, digamos, «puro» a la luz
pública y en otras se expresa más bien de maneras desplazadas. Estudiar la
ciudad desde los imaginarios nos lleva a incluir en el patrimonio urbano muchas
«irracionalidades» urbanas que salen de una lógica marcada por la historia de
la ciudad occidental, renacentista o perspectivística o de la lógica del
capital que hizo la ciudad industrial para entrar en definiciones de simbología
más local.
Así, cada ciudad la vemos construyendo
su propia urbanidad. Hace unos años se podía decir que las ceremonias quechuas
o aimaras que toman las calles de La Paz correspondían a muestras de residuos
provincianos o campesinos sobre la vida urbana «auténtica» pensada desde
modelos imperativos. Hoy las entendemos como una de las maneras de ser urbanos
los paceños. En ese sentido, también se descubre en esta mirada una vocación
democrática y política hacia un reconocimiento por las fronteras
interculturales.
Si proponemos el término imaginario lo
hacemos para aludir a una producción mental de los ciudadanos que marcan el modo
de usarla. Trabajamos en nuevas técnicas de análisis sobre soportes imaginarios
y sobre un régimen de percepción ciudadana donde los ciudadanos se expresan,
como diría Metz para el cine, «bajo una suspensión temporal de la verdad».
Claro que agrego algo: esa tal suspensión, ese régimen imaginario de los
ciudadanos, se constituye en el filtro cognitivo desde donde se usa o se evoca
la ciudad, los dos grandes capítulos hacia donde apuntamos.
Lo anterior conlleva a una nueva
caracterización del sujeto urbano. Sería así aquel portador de marcas de
enunciación de modos de ser urbanos en cada región. Uno se expresa como
representante de algún modo urbano y en esto se puede coincidir con modos
internacionales o modos especialmente locales de ser urbano. Uno puede
«deslocalizarse» en Internet y allí mismo volver a localizarse en red con
usuarios que nos identifican bajo la coincidencia de ser de los mismos. El
catalán J. Echevarría, interesado por la ciudad telemática, dice que no es
cierto que todos en Internet vamos a terminar hablando inglés. Más bien estamos
asistiendo a la libre convivencia de múltiples lenguas, incluso de las más
reducidas en extensión, como algunas lenguas indígenas en América Latina con
comunidades hablantes muy reducidas, pero que usan Internet como los «Wvas» en
parte del Amazonas, o bien se usa Internet para expresar las más íntimas
experiencias como las sexuales entre «chateadores» apasionados.
El sujeto urbano de hoy, así, responde
más a una desterritorialización de los espacios sociales para ganar en una
«reterritorialización» de sus emociones individuales. Dentro de esta dialéctica
se están dando varias luchas ciudadanas por ganar para la colectividad lo que
se dispone hacia la exasperación del deseo individual. Esa lucha entre un
sentido público ciudadano a lo Habermas y otro de la expresión del delirio por
la vida privada del riesgo y el consumo que recuerda el también alemán U. Beck.
Es el mismo camino de varias corrientes de arte público que al salirse de los
museos para operar en la ciudad terminan proponiendo un arte público ciudadano.
Pero sus «intervenciones» más que espaciales son de naturaleza temporal.
Intervenir una parte de la ciudad, a la
manera de escultores como Buys o luego Christo, es intervenirla toda. Esto es el
«efecto mariposa» de los ecologistas. Si una mariposa toca la hoja de un árbol
interviene todo el bosque. Tiempo más que espacio.
En fin, nuestros estudios sobre culturas
urbanas desde la subjetividad ciudadana van dirigidos a todos aquellos que
deseen entrar en nuevos modos de entender la ciudad más a tono con el
pensamiento contemporáneo. Se puede decir que con esta tendencia de estudios de
ciudad pasamos de una ciudad de los arquitectos, que si involucraba al
habitante lo hacía de modo pasivo, y muchas veces en calidad de cliente, hacia
una ciudad de los ciudadanos donde hacer ciudad responde a un trabajo colectivo
en el cual las aspiraciones, las frustraciones y los deseos ciudadanos se
encuentran para pensar o evocar el futuro. De la misma manera, el proyecto le
da gran importancia a los medios y a la televisión o a la literatura y las
artes por sus relaciones con el hacer urbano.
La relación entre televisión y ciudad se
hace cada vez más estrecha, hasta el punto que se puede decir que la ciudad es
televisión. Se ha dicho por parte de R. Silverstone, en Inglaterra, que pasamos
de una sociología de clases a una de la pantalla. La pantalla de la televisión
es emblemática de las otras, las de los computadores, el dinero plástico y
demás. Varias de las actividades diarias se hacen cada vez más por medios
electrónicos y no cara a cara. La televisión comenzó la revolución de la
comunicación a distancia, no personalmente, pero sí manteniendo la
simultaneidad del tiempo de encuentro. Esto lo potencia al máximo el Internet.
La misma televisión se está transformando y pronto la tendremos ya en buena
parte interactiva con el televidente-ciudadano, lo cual lo comenzó el Minitel
en Francia ya hace unos años. También es cierto lo contrario: que vemos y
recorremos la ciudad como se asiste a la televisión. Los sociólogos
norteamericanos como Eduards Soho, Mike David o Dean MacCannell hicieron
popular la acepción de «Theme Parks» para hablar de ciudades inspiradas en
Disney que se recorren por temas, como son aquellos de «Adventur-land» o
«Micke-Castlle», como lo aprecia quien vaya a las ciudadelas Disney en
Arenheim, Los Ángeles. Es en ese sentido que las ciudades se vuelven temáticas,
copiando la programación de la televisión: «Shopping Center», «estaciones de
gasolina» o «ciudad Rosa y de la rumba», y así sucesivamente.
Pero, además de lo anterior, la
televisión pone a rodar representaciones de sexo, violencia, amor que luego
repiten los ciudadanos. El efecto de nuestras telenovelas de América Latina en
la forma de expresar los códigos culturales de amor en sectores medios y
populares es evidente. En las estadísticas que tenemos se puede decir que los
ciudadanos de toda América Latina le dedican un promedio de más de la mitad del
tiempo libre a ver televisión.
No se nos debe escapar que los medios
son tanto empresa económica como cultural. Hoy los medios los dirigen
ejecutivos antes que comunicadores dispuestos a darle al público lo que les sea
atractivo. Es interesante desde los estudios de los imaginarios observar las
representaciones de los medios en cuanto a sintomáticas de verdades más
profundas de la sociedad, inconfesables o desviadas. Por ejemplo, hasta donde
la carnavalización del cadáver, como fetiche de la muerte, que es la parte
central de todas las telenoticias, no corresponde a un goce perverso de la
sociedad que todos los días prende el televisor para ver el desfile de muertos
de las noticias diarias. La televisión, de esta manera, no sólo es una máquina
psicótica que no para de hablar, sino también el espejo cóncavo que oculta
mostrando lo contrario.
Pero la ciudad también es literatura. La
ciudad se encuentra desde muchas figuraciones y cada una responde a las
posibilidades de sus géneros y formatos. La fuerza subterránea que une a la
literatura y a la ciudad se fundamenta que en ambas el ser humano es el
protagonista de sus propias ficciones. Como ciudadano soy un ser de deseos y
como autor o lector de literatura viajo alrededor de lo que quisiera ser.
Escribir la ciudad es volverla escritura, hacerla entrar en la ficción desde el
sentimiento. Los estudios de la hermenéutica como los de P. Ricoeur reconocen
que el mérito de Freud consiste en haber llevado el lenguaje a la articulación
con el sentimiento y demostrar que la conciencia y sus justificaciones son una
mentira que se basa en fantasías de lo inconsciente. Que, a su vez, lo
inconsciente, como lo enfatiza el filósofo mexicano M. Beuchot, es otra
mentira. La cultura sería el resultado de este cúmulo de mentiras o ficciones y
los estudios sobre imaginarios una de las bases metodológicas más cercanas a la
verdad (porque hace efecto en nuestros cuerpos) de la fantasías ciudadanas. La
cultura como un sueño despierto que se expresa en muchos géneros. El grafiti,
por ejemplo, se encarga de pintar muros «diciendo lo prohibido socialmente». De
ahí su perversión. Escritura perversa. El grafiti dice lo que (oficialmente) no
debiera decir. Se opone a la publicidad, que, al contrario, dice todo lo que
hay que decir. Entre publicidad y grafiti se escenifican los escenarios
cotidianos como inscripciones visuales.
Entonces en esta visión que presento, el
sobrevalorar los símbolos urbanos sobre la arquitectura es una estrategia para
captar más al ciudadano que sus entornos físicos.
La hermenéutica se preocupa por lo que
está hecho de símbolos. Para los imaginarios, hemos dicho, nos interesa
estudiar los fantasmas urbanos. Una marca indescifrable de la ciudad con
distintos niveles de creación inconsciente. Fíjese que el infante aprende a
conocer los objetos a través de las designaciones del lenguaje y de los
significados que les da su cultura y sólo luego los objetos, secundariamente,
reciben su existencia natural. Se abre un importante capítulo sobre cultura e
inconsciente. A propósito, Juliet Flower acaba de lanzar una revista sobre este
gran campo intelectual: The Journal of Cultura and the Unconscious, en San
Francisco, en la cual participo. Se trata de indagar por las relaciones entre
memoria e individuo. El olvido no sólo es un hecho natural, sino que también
lleva una parte activa, y olvidamos porque así lo queremos: hay una fuerza del
olvido. Cada ciudad construye sus hitos de memoria social.
Acontecimientos que privilegian para
olvidar o recordar o distorsionar otros. Esos hitos pueden ser nuestros emblemas.
Las madres de mayo en Argentina se caracterizan no sólo por ser madres, sino
por no dejar olvidar un momento álgido de su historia reciente o por
transformarlo en otras energías sociales. Alrededor de ellas han surgido temas
urbanos de la nueva ciudadanía que se proyectan como imaginarios propios de la
vida diaria. Bogotá nace como ciudad moderna en 1948 cuando asesinan al gran
líder popular Jorge Eliecer Gaitán. La ciudad es destruida y emerge una nueva
de sus ruinas. Allí se ubica, en esa memoria fatal, el imaginario del
nacimiento de la violencia en Colombia hasta nuestros días.
Pero hablemos de algo menos dramático
emplazando otra simbología. La relación entre mujer bella, reina y construcción
de modernidad es algo de peso en la vida diaria en la Venezuela urbana.
Venezuela tiene el récord mundial de reinas de belleza. Son once hasta el
momento. Antes se reconocía su petróleo. Les cuento que la primera
participación democrática de voto popular se hizo en Venezuela en 1944 para
elegir una reina de un equipo de béisbol.
Hoy las «misses» tienen presencia
nacional indiscutible y operan como parte de un orgullo nacional que admite
algo que se hace bien, como lo fundamenta un estudio de Tulio Hernández (quien
me acompaña en esta mesa) y otros colegas caraqueños. En fin, los símbolos
colectivos representan puntos de encuentro de individuos que desde allí se
expresan. Por eso su poder social...
_________
Aquí termina la edición hecha para la clase. Si quieres saber más del tema, puedes encontrar los artículos completos y más en estos links:
Entrevista a Armando Silva:
Bogotá Imaginada:
Libro completo:
Etiquetas:
Armando Silva,
Cultura Urbana
martes, 20 de noviembre de 2012
Cultura Urbana - En Clase - Deber
En clase trabajamos con dos cortos fabulosos de la colección Paris Je T´aime...
1) 14a Arronsissement de Alexander Payne.
http://www.youtube.com/watch?v=qPowFnkWEvU&feature=related
2) Place des Fetes de Oliver Schmitz
http://www.youtube.com/watch?v=41ryqvYxlJ4
Los vimos, conversamos sobre imaginarios urbanos y nos preguntamos: ¿Qué Paris está representado en estos cortos? ¿cuáles son los imaginarios que se recogen y se exponen en cada uno? ¿Hay diferencias? ¿Hay similitudes?
¿Qué pasa en Guayaquil? ¿hay diferentes tipos de Guayaquil según la historia de cada uno, según la zona que habitamos, que recorremos? ¿Cómo imaginamos lo que desconocemos de nuestra propia ciudad? ¿Cómo es el Guayaquil que cuentan los medios?... y muchas cosas más.
Deber:
Trabajo individual: "Bitácora de guayaquileño selectivo"
1.- Escoge una zona de la ciudad que te sea "ajena", "desconocida". Un lugar de la ciudad que no transites regularmente o que nunca hayas visitado (zona marginal - barrio del centro, sur , norte, oeste, este, el que quieras).
2.- Relata por escrito cuáles son tus imaginarios sobre esa zona, qué sabes de ella, qué has escuchado en los medios, qué te han dicho otros, cuáles son tus expectativas?.
3.- Visita la zona, tómate una foto allí, pasea, conversa con algún morador, entra a algún sitio, compra algo, come algo, observa, mucho.
4.- Relata por escrito la experiencia. Cambiaron tus impresiones? se confirmaron tus imaginarios? descubriste algo interesante?.
El trabajo se presenta en carpeta, por escrito, con la foto impresa en medio del texto o, si quieren punto extra, lo pueden armar como una presentación multimedia. Lo tomaré en cuenta.
Imaginarios Urbanos - Entrevista a García Canclini
Diálogo con Néstor García Canclini
¿Qué son los imaginarios y cómo actúan en la ciudad?
(Entrevista
realizada por Alicia Lindan 23 de febrero de 2007, Ciudad de México)
Néstor García
Canclini es Doctor en Filosofía por la Universidad de París y de La Plata,
Argentina. Obtuvo la Beca Guggenheim, 1981. Se hizo acreedor a la distinción
del Premio de Ensayo Casa de las Americas, 1982, por su libro Las culturas
populares en el capitalismo, y al Premio Iberoamericano Book Award de la Latin
American Studies Association a su obra Culturas Híbridas.
Entre sus libros se
hallan también Consumidores y ciudadanos, La globalización imaginada, Culturas
populares en el capitalismo y Diferentes, desiguales y desconectados. Sus temas
de investigación actuales son las políticas culturales en los procesos de
globalización y las relaciones entre arte contemporáneo y antropología.
Néstor García
Canclini es "Profesor Distinguido" en la Universidad Autónoma
Metropolitana, campus Iztapalapa, Departamento de Antropología. Asimismo, es
"Investigador Nacional de Excelencia", designado por el Sistema
Nacional de Investigadores, de México. El Dr. García Canclini constituye una
figura clave del pensamiento latinoamericano sobre Estudios Culturales, y en
particular sobre imaginarios urbanos, campo en el cual ha desarrollado
"escuela" y ha producido una extensa obra, ampliamente difundida a
nivel internacional y en particular en América Latina.
Alicia Lindón: Una forma de comenzar a reflexionar sobre los
imaginarios urbanos es mediante algunas líneas de entrada lo suficientemente
amplias como para no limitar el tema: Una de ellas puede ser la ubicación de
los imaginarios urbanos dentro del campo de los estudios urbanos. Una segunda
línea podría ser la consideración de los imaginarios urbanos en relación con el
pensamiento social, es decir, revisar el tema desde un nivel
teórico-epistemológico. Otra línea podría ser lo relativo a lo metodológico,
vale decir, los desafíos metodológicos más importantes que asume la
investigación social cuando se plantea comprender la ciudad desde los
imaginarios urbanos. Otra posibilidad es la de aterrizar el tema en algunas
cuestiones concretas o puntos fuertes- en las que se
cristaliza, en particular en América Latina. En estas líneas, entonces, algunas
posibles preguntas orientadoras son: ¿Cómo concibe Néstor García Canclini los
imaginarios urbanos? ¿Cuál sería su especificidad respecto a los imaginarios
sociales en sentido amplio? ¿Cuáles son los temas que se estudian desde la
perspectiva de los imaginarios urbanos?.......
Néstor García Canclini: Una primera cuestión es qué entendemos por
imaginario. Según la línea teórica, la actividad o la disciplina en la que nos
situemos, las definiciones cambian. A mí me resulta atractiva la definición
lacaniana que contrasta lo simbólico y lo real, pero al mismo tiempo no estoy
seguro de que sea la más productiva en el trabajo del científico social. En
algunos aspectos tal vez lo sea, pero también considero que acota mucho la
cuestión del imaginario. Por ello, termino por optar por una concepción que yo
llamaría socio-cultural, que coloca lo imaginario en una línea más heterogénea
de pensamiento. Esa heterogeneidad resulta de que existen, sin duda, fuentes
que se pueden rastrear desde la sociología del conocimiento, o desde posiciones
marxistas, o también es posible trabajar siguiendo una línea de pensamiento al
estilo de la de Castoriadis, o de filósofos como Paul Ricoeur y otros, que han
elaborado la cuestión del imaginario como un fenómeno socio-cultural.
En términos muy generales podemos decir que imaginamos lo
que no conocemos, o lo que no es, o lo que aún no es. En otras palabras, lo
imaginario remite a un campo de imágenes diferenciadas de lo empíricamente
observable. Los imaginarios corresponden a elaboraciones simbólicas de lo que
observamos o de lo que nos atemoriza o desearíamos que existiera. Una de las tensiones en que se juega el estudio
de lo imaginario en el pensamiento actual es en la relación con lo que llamaría
totalizaciones y destotalizaciones, considerando que no podemos conocer la
totalidad de lo real y que las principales epistemologías contemporáneas
desconfían de las visiones totalizadoras. Lo imaginario viene a complementar, a
dar un suplemento, a ocupar las fracturas o los huecos de lo que sí podemos
conocer. No se ha dejado de hablar de los modos de producción, de totalidades
sociales en un sentido amplio, pero actualmente lo hacemos con prudencia y con
"temor", sabiendo que no estamos hablando de todo lo que existe.
Luego, los estudios transdisciplinarios o interdisciplinarios nos aportan más
consciencia sobre lo que cada disciplina recorta y, por lo tanto, sobre la
parcialidad de los enunciados y también sobre la dificultad de hablar en nombre
de lo humano en general.
Estamos en una
situación en cuanto a la producción de conocimiento- que no es
propiamente ni la moderna clásica ni la posmoderna. En la modernidad se
aspiraba a un conocimiento científico que pudiera organizar las totalidades
sociales y hacer afirmaciones rotundas acerca de cómo funcionaba el mundo, la
ciudad o una nación. La posmodernidad tuvo el valor de problematizar los
paradigmas o mostrar la relatividad de los modos en que organizábamos el
conocimiento y aceptar que podía haber muchas narrativas para un mismo proceso,
o para un conjunto de fenómenos. Pero como vemos, por ejemplo, en los estudios
sobre cultura, eso también ha llevado a un proceso de fragmentación riesgosa al
considerar que podría haber un saber étnico, un saber de género, un saber desde
la posición de los grupos subalternos. Esas parcialidades son insuficientes
para hablar de lo social. Es cierto que todos distorsionamos desde nuestra
perspectiva de análisis, pero es propio del saber científico aspirar a un
control de esa parcialidad y buscar un saber lo más universal posible.
Entonces, mi posición sería que no podemos afirmar rotundamente que disponemos
de un saber, pero tampoco podemos decir que hacemos ciencia, ni siquiera
ciencia social, si no problematizamos el punto de vista y las condiciones
contextúales, parciales, desde la cuales producimos el conocimiento. En este
esfuerzo por producir totalizaciones -no totalidades- que se saben relativas y
modificables, lo imaginario y las representaciones que nos hacemos de lo real,
aparecen como componentes importantes. Ese sería el núcleo de la problemática
epistemológica de los Imaginarios.
También es
legítimo hablar, como se hace, de los imaginarios a partir de las prácticas
sociales de actores que no tienen la pretensión de construir ciencia ni
conocimiento científico. En parte corresponden a la misma dinámica: se trata de
ocuparse -con la imaginación- de cómo funciona el mundo y cómo podrían llegar a
funcionar los vacíos, los huecos, las insuficiencias de lo que sabemos. Esta
tarea la hacen los actores sociales, políticos, los individuos comunes.
Conviene distinguir entre los imaginarios producidos por actores comunes, sin
pretensiones científicas, de lo que se espera de un científico social, de un investigador.
Por eso, digo que estamos en una situación ni propiamente moderna ni
posmoderna, en el sentido de que no apostamos por una totalidad dogmática como
en cierta modernidad ilustrada se llegó a formular, ni tampoco por una mera
fragmentación de lo social, como se pretendió en las narrativas pos-modernas.
Si traemos este
debate a la cuestión urbana, surgen algunas observaciones e interrogantes. Por
una parte, nos encontramos con un objeto de estudio particular la ciudad-
en una perspectiva semejante a lo planteado más arriba: ¿Qué podemos conocer de
una ciudad, y especialmente de una gran ciudad? ¿Sólo fragmentos, parcialidades
o podemos hacer afirmaciones de un cierto grado de generalidad, que estarán
sesgadas por la perspectiva del analista o que son relativamente superficiales
porque sólo atienden a aspectos socio-económicos, a hechos susceptibles de ser
reducidos a estadísticas, a encuestas, al instrumental del conocimiento
cuantitativista? En este sentido, nos hallamos en una etapa distinta a la de
los estudios urbanos de hace unas décadas, que se sentían más satisfechos con
simples descripciones socio-económicas de los desarrollos urbanos. Actualmente,
damos mucha importancia a lo cultural, a lo simbólico, a la complejidad y la
heterogeneidad de lo social en la ciudad. Es entonces cuando lo imaginario
aparece como un componente importantísimo. Una ciudad siempre es heterogénea,
entre otras razones, porque hay muchos imaginarios que la habitan. Estos
imaginarios no corresponden mecánicamente ni a condiciones de clase, ni al
barrio en el que se vive, ni a otras determinaciones objetivables. Aparecen
aspectos subjetivos, aunque a mí no me resulta muy convincente reducir lo
imaginario a lo subjetivo, porque también la subjetividad está organizada socialmente.
Pueden hacerse muchas variaciones desde la perspectiva del sujeto, pero siempre
están condicionadas, existe un horizonte de variabilidad que no es enteramente
arbitrario.
Confrontar este
objeto un poco esquivo -que son los imaginarios urbanos- remite a una
problemática más que a un objeto rigurosamente acotado. Es la problemática de
la tensión entre lo empíricamente observable y los deseos de cambio o las
percepciones insuficientes, sesgadas, condicionadas por la comunicación
mediática o por otros juegos comunicacionales que, de tanto en tanto, cambian
los ejes de los imaginarios. En una temporada puede ser -como ocurrió hace unos
años- que el tamaño de la ciudad, la oposición entre el centro y la periferia,
el gigantismo amenazante sean esos ejes. Actualmente, los imaginarios van más
asociados a la seguridad o la inseguridad, o a la relación entre los nativos y
los migrantes. Todas son construcciones histórico-sociales, que por un lado son
investigables con instrumentos cuantitativos que alcanzan un cierto grado de
rigor. Por otro, requieren también un análisis no sólo explicativo sino
interpretativo, con recursos propios de los estudios culturales.
AL. Antes planteabas que no sería conveniente reducir los imaginarios a la
subjetividad. En este sentido surge una pregunta: Si pensamos la subjetividad
como intersubjetividad o como subjetividad socialmente compartida, ¿estaríamos
entonces, en el terreno de los imaginarios?
NGC. Hay una serie de nociones que son próximas pero no idénticas:
intersubjetividad, interculturalidad, sociabilidad. Intersubjetividad alude a
la existencia de sujetos, que se conciben como individuales. No obstante, en
tanto existe intersubjetividad, de algún modo se está reconociendo que esos
sujetos se constituyen en la interacción social. Aun así, la noción de
intersubjetividad no nos permite pasar fácilmente a la noción de sujetos
colectivos. Interculturalidad es otra noción que se ha elaborado en años recientes
para designar fenómenos de cruces de culturas. En esta perspectiva, lo más
estudiado han sido los cruces entre migrantes y nativos, o bien la coexistencia
conflictiva de lenguas, de hábitos, de formas de vida y pensamiento, inclusive
de estéticas. Podemos encontrar interculturalidad aun dentro de las mismas
sociedades, entre conjuntos sociales que hablan la misma lengua o
aproximadamente la misma y que, a pesar de ello, tienen diferencias culturales
enormes.
En este momento
estoy estudiando formas de extranjería que se producen dentro de una misma
sociedad. Por ejemplo, en los estudios comunicacionales se habla de la
migración digital para referirse a la experiencia de extranjeridad o la
extrañeza que tenemos los adultos cuando necesitamos aprender una nueva lengua
para manejar una computadora, acercarnos a Internet, comunicarnos y usar formas
digitales de organización de la escritura y del pensamiento. Todos los que
hemos aprendido tarde esa nueva lengua tenemos la experiencia de que tropezamos
con dificultades semejantes a la de cualquier extranjero. En cambio, cuando le
consultamos a nuestro hijo, a un joven de quince años y lo vemos manejarse con
gran naturalidad, observamos que se comporta como nativo. Es como una relación
entre nativos y extranjeros en el caso de habitantes de una misma sociedad que
hablan la misma lengua, pero tiene esta situación complementaria en el acceso a
formas de comunicación y de organización del pensamiento, que de pronto
resultan extrañas.
Esta relación
intercultural tiene mucho interés parala cuestión urbana. Por ejemplo, algo que
hemos hallado en los estudios del Grupo de Estudios de Cultura Urbana de la
Universidad Autónoma Metropolitana, es que se necesitaba analizar la ciudad de
México con dos mapas: Uno es el mapa que podemos llamar real o físico: ¿Cómo
está distribuido el espacio urbano?, ¿Quiénes viven en cada lugar? ¿Cuáles son
sus hábitos, sus formas de construir, de interactuar, de viajar por la ciudad?
Y otro mapa es el de las comunicaciones masivas, el de las industrias
culturales o los medios de comunicación. Este último, en la mayoría de los
casos, no es un mapa físicamente situable. Se manifiesta en la deslocalización
de las interacciones. Por ejemplo, se ha hecho un lugar común en los estudios
sobre la telefonía móvil (celulares), que las etnografías registren en primer
lugar, cuando una persona inicia una comunicación, que le pregunta al otro:
¿dónde estás? Hay una necesidad de situarlo, y el otro puede contestar lo
verdadero o no. No es fácil tener la certeza, podremos buscar referencias en el
mapa físico para estar más ciertos de la ubicación, pero persiste la oscilación
entre los dos mapas. Las ciudades son conjuntos habitacionales, y conjuntos de
viaje, de trabajo y de circulación, físicamente delimitados hasta cierto punto.
Por otro lado, o al mismo tiempo, son conjuntos comunicados por redes
invisibles, deslocalizadas, con bajo arraigo territorial.
Entonces, los
imaginarios aparecen como un componente necesario, constantemente presentado en
la interacción social y refiriendo a formas de interacción no objetivables
físicamente, o que sólo en forma inmediata pueden aludir a posiciones
particulares en la ciudad.
Por lo tanto, los
imaginarios se tornan importantes para establecer relaciones de localización de
los sujetos, o también su deslocalización o su incierta deslocalización: ¿Desde
dónde nos hablan? ¿Quién es el que nos habla? ¿Qué posición ocupa en la ciudad?
¿Cómo se identifica? ¿Cómo conviene interactuar en relación con él? ¿Qué rol
vamos a desempeñar de los muchos que actuamos dentro de una ciudad heterogénea?
La idea de la
localización incierta me atrae también por la insatisfacción que sentimos con
la deslocalización. En una sociedad donde los flujos comunicacionales se han
vuelto tan decisivos, hay procesos de deslocalización innegables respecto de lo
que estamos acostumbrados a identificar como territorios de pertenencia. Cuando
sólo pertenecíamos a una ciudad, o a una nación, la mayoría no viajaba. La
mayor parte de los mensajes y los bienes que recibíamos se producían en un
entorno más o menos acotado. Pero también sentimos cierto descontento con esa
idea de deslocalización, cierta inseguridad, y aparecen constantemente -como
decíamos antes- al comienzo de las conversaciones con teléfonos celulares, el
deseo de saber dónde está el otro; quién es el otro; por qué nos está hablando
a esta hora y en tales términos. La localización, el arraigo, son componentes
importantes, aun en una sociedad globalizada. Son localizaciones más inciertas,
pero no es indiferente una u otra.
Aunque se ha
relativizado mucho el contexto urbano, ya no sólo son necesarias las
discusiones sobre qué es lo que define a una ciudad, sino sobre la manera en
que nos situamos respecto de varias ciudades que pueden estar contenidas bajo
un mismo nombre: México, Distrito Federal; Santiago de Chile; Buenos Aires; Sao
Paulo. Imaginamos las ciudades en zonas conocidas. Atravesamos en una
megalopolis ciertas zonas para ir a trabajar, a estudiar, a consumir, pero la
mayor parte de la ciudad la desconocemos. Fue una de las experiencias que
hicimos cuando trabajamos sobre los imaginarios urbanos a partir de los viajes
por la ciudad de México. No aparecían visiones totalizadoras de la ciudad, ni
siquiera en los sectores con mayor nivel educativo. Cada habitante fragmenta y
tiene conjeturas sobre aquello que no ve, que no conoce, o que atraviesa
superficialmente. Es una de las maneras de hacer evidente que no hay saberes
totalizadores, formas absolutas. Ni el alcalde de la ciudad, ni el mejor
especialista en planificación urbana tiene una visión en profundidad del conj
unto; pero a la vez llama la atención que en el desarrollo social aparecen
simulacros de totalización. El que me atrajo más es el de los helicópteros que
en muchas grandes ciudades recorren todas las mañanas la ciudad, ocupados,
habitualmente, por un par de policías y algún periodista que transmite por
televisión y por radio. El periodista va diciendo dónde hubo un accidente,
dónde hay embotellamientos, cómo está el tránsito, nos informa. Pero no sólo da
indicaciones más o menos útiles para comportarse en distintas zonas de la
ciudad, sino que, en el nivel de los imaginarios se constituye en un
reconfigurador de una totalidad que nadie tiene, que se perdió, que nadie logra
reconstruir.
Uno puede
preguntarse qué consistencia tiene ese imaginario, esa reconstrucción tan bien
parcelada y relativamente arbitraria. Esa mirada desde muy arriba hacia
fenómenos que están ocurriendo con una complejidad y una intimidad que no se
puede captar desde el helicóptero. De todas maneras es interesante destacar que
el imaginario se presenta, tiene éxito comunicacional. Estamos alertas a lo que
nos dicen en la televisión sobre qué pasó en la ciudad a lo largo del día. La
televisión, o a veces Internet, juegan este papel. Entonces, esto está
expresando por un lado un deseo de conocimiento y, por otro lado, una carencia
que resulta difícil de soportar. Esos dos resortes están en la base de los
imaginarios. El imaginario no sólo es representación simbólica de lo que
ocurre, sino también es el lugar de elaboración de insatisfacciones, deseos,
búsqueda de comunicación con los otros.
AL. Hace tiempo y en otros contextos se ha hablado de la construcción de
cada lugar por parte del sujeto que está en el lugar. En ese sentido, se han
acuñado conceptos desde distintas disciplinas. Por ejemplo, se puede recordar
que los geógrafos humanistas y culturales han hablado del concepto de espacio
vivido y otros semejantes. Ahora, entonces, el problema de la particular forma
de construir los lugares o fragmentos de la ciudad ya no sería en relación con
el lugar en el que estoy, sino en relación con el lugar en el que está el otro,
o del cual recibo información. ¿Podríamos pensar más o menos en ese sentido,
esta cuestión de los imaginarios urbanos de incierta localización?
NGC. Cabe la pregunta de por qué en los últimos quince o veinte años han
aparecido los estudios sobre imaginarios, especialmente los estudios más o
menos empíricos, ya que anteriormente en distintas obras, por ejemplo la de
Castoriadis, se reflexionaba filosóficamente sobre algunos imaginarios, o en
algunos estudios de psicología social se los estudiaba más aterrizados en
procesos empíricos. Ahora ocupan un lugar sistemáticamente desarrollado en los estudios
urbanos. Hay explicaciones epistemológicas de insatisfacción con el modo en que
se ha desarrollado el proceder positivista sobre la ciudad, del cual existen
evidencias, por ejemplo, en el fracaso de las planificaciones megaurbanas y,
también, un acrecentamiento de las experiencias de riesgo o de las dificultades
de vivir en la ciudad. Esta preocupación por los imaginarios urbanos va junto
con el crecimiento, empíricamente demostrable, de la inseguridad y de la
complejidad de las interacciones interculturales por las migraciones, por las
transformaciones aceleradas dentro de los propios grupos nativos de distintas
generaciones, por los cambios de roles entre hombres y mujeres, entre muchos
otros factores de interculturalidad. Es significativo que la preocupación por
los imaginarios urbanos aparezca simultáneamente con la irrupción de secciones
sobre las ciudades en los periódicos de muchos países. Así como hay una sección
de política, otra de asuntos policiales, otra de cultura, otra de economía,
existe una sección sobre la ciudad. La ciudad aparece como un objeto de
preocupación. Además hay periódicos que se desdoblan en varias ciudades en las
que se hacen ediciones especializadas dentro de un mismo país, o para varios
países, referidas a ciudades, especialmente de gran tamaño. Existe un
reconocimiento comunicacional múltiple de la importancia de lo urbano como
ámbito organizador de las prácticas sociales y, a la vez, como un lugar
incierto, intranquilizante. Nos resulta más fácil hablar de la ciudad que
hablar de la Nación, pero en rigor no vemos menos compleja la ciudad que la
Nación. La ciudad nos resulta más próxima, está más al alcance de nuestra mano,
a veces tenemos más información. La ciudad tiene una heterogeneidad, aveces, menor que la Nación, pero
aveces, ciertas megalopolis son condensaciones del conjunto de etnias, de
grupos, de regiones que una Nación contiene. Entonces puede ser tan compleja la
ciudad como una Nación.
AL. La expresión localización incierta tiene muchos aspectos para reflexionar.
Por ejemplo, en esencia la palabra localización viene de una perspectiva
geométrica, positivista, euclidiana, la ubicación de un punto concreto. Pero,
al mismo tiempo al llevar el adjetivo de incierta justamente pierde esto.
Entonces la localización incierta ¿podría ser algo así como pensar la ciudad
desde imaginarios urbanos inciertamente localizados?, ¿podría expresar el
reconocimiento de la tensión entre lo que se fija en un territorio y al mismo
tiempo se desprende?
NGC. También podríamos emplear otros adjetivos en vez de
"incierta". Por ejemplo, se podría hablar de localizaciones con
significados diversos. Estoy pensando aquí la localización incierta en
oposición a la noción de "no lugar", que nos sedujo en algún momento,
cuando Marc Auge la formuló. Luego, comenzamos aver que un aeropuerto podía ser
un no-lugar para el que iba a tomar el avión, pero para quien trabaja en el
aeropuerto todos los días es un lugar. Y esto ocurre con casi cualquier espacio
urbano, puede ser lugar para uno, nolugar para otros y un lugar a medias para
mucha gente. Entonces, la oposición de la ciudad como lo local frente a lo
global es muy relativa. ¿Qué parte de la ciudad? ¿Para quiénes? ¿Cómo la usan?
¿Cómo nos apropiamos del espacio urbano? De muchas maneras, siempre desiguales,
asimétricas, parciales. En síntesis, no hay localizaciones absolutas. Se podría
agregar que ciertos procesos importantes en ciudades grandes y medianas, están
cambiando constantemente, o pueden modificarse en un mismo día. Los vendedores
ambulantes son uno de los ejemplos que lo dicen más elocuentemente: se
localizan, tienen un lugar al que suelen ir todos los días, un lugar en el que
conocen más o menos con quién interactuar, quiénes les van a comprar, qué
mercancía es interesante allí. Pero llega la policía y tienen que salir
corriendo. Llegan los inspectores y tienen que negociar con ellos. Los pueden
llevar presos. Hay muchos lugares inciertos, no todos tenemos la fragilidad de
los ambulantes, pero todos sentimos que pueden sucedemos hechos imprevistos en
la ciudad y en cada lugar.
AL. Habíamos planteado también una entrada más metodológica al tema de los
imaginarios urbanos, que se podría enfocar en estos términos: Si los
imaginarios urbanos constituyen una nueva aproximación al estudio de la ciudad
que trata de superar las limitaciones que por mucho tiempo tuvieron los
estudios urbanos dedicados a describir los lugares, al recuento de lo material
que en ellos había, también se debería reconocer que es una aproximación que
conlleva numerosas dificultades y desafíos metodológicos. Es frecuente que la
investigación urbana en América Latina, penetre rápidamente en estas nuevas
perspectivas que parecen abrir muchos planos antes ocultos. Pero en el momento
de definir las herramientas también es usual seguir acudiendo a las
herramientas que hemos usado desde otras miradas. Ante esto, un interrogante
podría ser ¿qué implicaría actuar así? Por ejemplo, el uso del cuestionario tan
legitimado en las ciencias sociales en general, y en los estudios urbanos en
particular. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Es una buena estrategia recurrir al
cuestionario de encuesta para estudiar los imaginarios urbanos?
NGC. En relación con el uso de métodos cuantitativos y cualitativos
considero que la encuesta es indispensable, así como los otros recursos
cuantitativos más objetivables: los censos, las estadísticas, los datos duros.
Gran parte de la sociología urbana se sigue haciendo con esos recursos y se
ignoran las representaciones, los procesos culturales, y por lo tanto, los
imaginarios. Ocurre menos el camino inverso, aunque también se ve. En otras
palabras, quienes estudiamos los procesos culturales no disponemos siempre de
suficientes recursos cuantitativos, objetivables, para controlar lo que
afirmamos sobre la ciudad. Sin embargo, es más frecuente encontrar en estudios
sobre las culturas urbanas referencias a las bases socioeconómicas,
arquitectónicas, urbanísticas, referencias duras, que a la inversa. A mí me
resulta indispensable trabajar en las dos dimensiones. Para ponerlo en términos
un poco extremos, considero que históricamente hemos tenido frente a nosotros
extremos de los dos lados: los planificadores urbanos basados en la economía
urbana, el estudio del desarrollo físico-espacial de la ciudad, han tomado decisiones
acerca de qué se puede construir, por dónde debe trazarse el transporte, si se
debe impulsar el Metro o el Metrobus, cuánto se puede tolerar el transporte
individual o cuándo estimularlo. En general se decide según criterios
cuantitativos y de una pretendida objetividad, sin tomar en cuenta la
experiencia vivida de los que viajan, de los que trabajan, de los que habitan
la ciudad.
También se debe
reconocer el riesgo opuesto, frecuente entre antropólogos y psicólogos
sociales: sobreestimar la dimensión imaginaria, cultural o subjetiva de la
experiencia. Esta tendencia se ha acentuado con la influencia de los estudios
culturales de origen estadounidense, que son muy textualizantes de lo social,
tienden a sobredimensionar el papel de los discursos en las interacciones
sociales. Eso conduce a otros tipos de extremos y fantasías, por ejemplo a
creer que lo que dicen los actores es cierto porque ellos así lo creen. Algunos
buenos estudios sobre los imaginarios urbanos han mostrado, por ejemplo, que
ante la pregunta ¿cuántos habitantes tiene la ciudad de Bogotá?, se respondía
más o menos aproximadamente los millones de habitantes que realmente había en
la ciudad. Sin embargo, cuando se les preguntaba: ¿Y cuánto cree que va a haber
en 2020? La respuesta era cuarenta millones. Es importante tomar en dos
sentidos esa respuesta: Por un lado, como falsa respecto a lo que es predecible
con el desarrollo urbano. Para ello hay que confrontarla con los datos duros de
la demografía y de la capacidad de crecimiento de un cierto espacio. Pero por
otro lado, esta respuesta tiene su importancia porque muestra que estos sujetos
están expresando una visión paranoica, amenazante, y que eso está expresando la
opinión de muchos otros.
El tema del
gigantismo urbano lo hemos encontrado detrás de muchos fenómenos complejos,
como la valoración del lugar de los migrantes y su influencia en la vida de la
ciudad. En Europa se han hecho estudios importantes en ese sentido. Hay pocas
ciudades europeas que tengan más de un diez o un quince por ciento de
migrantes, sin embargo, la experiencia de la población cuando le preguntan
sobre el papel de los migrantes o les piden estimaciones sobre su peso
demográfico no corresponde a esos porcentajes. Por un lado, esto nos muestra la
importancia de poner en relación hechos objetivamente observables y cuan tifi
cab les con los imaginarios sobre estos hechos, porque ambas dimensiones forman
parte de las interacciones efectivas.
En esto se puede
considerar -como decíamos antes- un lado epistemológico y metodológico, y otro
de tipo político. Veamos primero el epistemológico. Necesitamos recurrir a
encuestas, censos, estadísticas; y también necesitamos historias de vida,
entrevistas en profundidad, observaciones etnográficas detenidas de larga
duración en espacios acotados. En gran medida todavía seguimos orientados
disciplinariamente. Los sociólogos hacen lo primero. Los antropólogos lo segundo.
Pero cada vez vemos más corrimientos por fuera de las disciplinas. Hay
sociólogos y comunicólogos que también se sientan con la gente a viajar, a ver
televisión en la casa, observan prolongadamente comportamientos particulares,
individuales. Y algunos antropólogos intentamos trascender el barrio, la
colonia, para decir algo sobre el conjunto de la ciudad. Descubrimos en estos
procesos que, cuando sólo hablamos de lo macro y desconocemos la
heterogeneidad, la variedad de experiencias, gran parte de lo que afirmamos es
falso o incorrecto. Pero también ocurre que, cuando extrapolamos del estudio en
profundidad de un barrio lo que le sucede a esa misma población del barrio en
relación con el conjunto de la ciudad, resulta falso. La gente que vive en una
zona de la ciudad atraviesa muchos otros lugares para trabajar, para educarse,
para consumir, y tiene otro tipo de experiencias, de interacciones que pasan a
formar parte de su vida cotidiana.
Un problema es
cómo reelaborar las técnicas cuantitativas y cualitativas. Hasta qué punto una
encuesta puede incluir no sólo opciones múltiples dentro de un estándar
precodificado, sino algunas preguntas abiertas que den posibilidad de que la
forma de plantear la pregunta sea desafiada por el entrevistado. Y lo mismo a
la inversa: cómo hacer entrevistas individuales de modo que podamos reconstruir
relaciones grupales, colectivas.
Es importante
someter unas técnicas y otras, y los resultados, la información que obtenemos,
a un análisis macro del desarrollo socio-comu-nicacional de las ciudades. Un
ejemplo que hallé en dos encuestas con las que trabajé el año pasado: una de
ellas es la Encuesta Nacional de la Juventud, que se hizo en México a nivel
nacional, a través del Instituto Nacional de Juventud. La otra fue la encuesta
sobre los hábitos de lectura en México, que también abarcó todo el país. Al
poner las dos encuestas en relación, surgió la evidencia: en la encuesta sobre
lectura se había preguntado lo que habitualmente se averigua en estas
encuestas: si leen libros y revistas, dónde los compran, cómo los leen, qué
preferencias tienen. Como un anexo se había interrogado sobre equipamiento
cultural hogareño. Entonces aparecieron las computadoras, el acceso a Internet,
pero no se preguntó qué se leía en Internet. Se partía del presupuesto, no
explicitado en la encuesta, de que leer es leer en papel, leer lo que está
escrito en papel. Cuando presentamos la encuesta públicamente, comenté esta
observación acerca del modo en que se había interrogado, y que seguramente habría
un índice de lectura mucho mayor y hábitos distintos de los que la encuesta
había previsto, especialmente en los jóvenes que tienen mayor acceso a las
nuevas tecnologías. A mi lado estaba uno de los principales editores de México,
Rene Solís, que tomó la preocupación y agregó una historia personal: dijo que
él es de un pueblo de Sinaloa de diez mil habitantes, donde no había diarios,
no llegaban periódicos regionales ni nacionales, no había bibliotecas; había
que hacer más de cuarenta kilómetros para comprar libros y diarios, pero en ese
pueblo de diez mil habitantes había cuatro cibercafés.
Esto muestra que
tiene sentido modificar el modo de interrogar sobre qué significa leer en
relación con esta recomposición de las comunicaciones, de la oferta cultural y
de los hábitos de la población en ciudades grandes y pequeñas.
Por supuesto, una
de las consecuencias de esta recomposición de las comunicaciones es que se
aproximan los pobladores de ciudades de diez mil habitantes con los que vivimos
en ciudades de diez o veinte millones, por lo menos en algunos hábitos
culturales. La relación con el papel, con la biblioteca, será distinta, pero es
posible que unos y otros accedan a información semejante sobre el país y sobre
el mundo; puedan ver películas, unos en pantalla grande, otros en pantalla
chica. Hay muchos más puntos de acercamiento, de convergencia.
Esto tiene algunas
consecuencias también sobre la metodología de investigación. Nos planteamos una
encuesta para una gran ciudad, pero si estudiamos una población de tres mil
habitantes puede no resultar tan adecuado hacer una encuesta. Quizá sea mejor
hacer observación etnográfica y entrevistas.
Las distancias por
tamaño de población no son traducibles en hábitos culturales tan distintos
ahora como en el pasado y, por supuesto, ello tiene efectos sobre las
políticas. Por lo general, como decíamos, las políticas las hacen los
planificadores urbanos, o los políticos, o los gestores sociales, urbanos y
culturales, a partir de información macro obtenida con encuestas, con grandes
recursos de investigación cuantitativa. Casi nunca consideran los imaginarios
urbanos o las representaciones culturales de los procesos. Sin embargo hay unos
pocos casos, como el de Antanas Mockus en Bogotá, que se propuso modificar los hábitos
de la población, reducir la violencia en las interacciones cotidianas, no la
violencia guerrillera o terrorista, sino el enfrentamiento entre los peatones y
los automovilistas, con una serie de intervenciones simbólicas: payasos en las
esquinas que jugaban humorísticamente con las situaciones, que trataban de
"educar" a la población. Efectivamente, Antanas Mockus, filósofo y
matemático1, tuvo una sensibilidad fina hacia estos fenómenos. Sin embargo, es
discutible cuánto se pueden modificar los comportamientos a través de lo
simbólico. El grado de congestionamiento urbano que ha propiciado un uso
indiscriminando y excesivo del automóvil individual, no se puede modificar sólo
a través de lo simbólico, ni sólo mediante cambios estructurales en el espacio
físico. Existe una correspondencia entre la necesidad de utilizar
procedimientos cuantitativos y cualitativos en la investigación, que capten las
distintas densidades de las interacciones urbanas y, al mismo tiempo, en el
nivel de las políticas proceder con relación a las dos dimensiones, los
comportamientos y lo simbólico.
AL. ¿Los instrumentos cuantitativos nos permitirían captar los imaginarios
o fragmentos de imaginarios, o simplemente nos permitirían definir una serie de
coordenadas del sujeto?
NGC. Todo depende de cómo se formulen las preguntas y cómo se correlacionen
los datos duros con los datos blandos. Esto tiene que ver, por ejemplo, con la
manera en que se han investigado imaginarios en distintas ciudades y los
productos que han aparecido en los últimos años. Voy a recurrir a dos ejemplos:
uno es del nuestra investigación en la ciudad de México a partir de los viajes
por la ciudad. Usamos dos instrumentos: fotos y escenas de películas. Fotos
sobre viajes en la ciudad de distintas épocas desde mediados del siglo XX hasta
1995, que fue cuando hicimos la investigación. Las escenas eran de películas
mexicanas que mostraban trayectorias urbanas, viajes por la ciudad, fotos de
individuos, de medios de transporte, de distintas épocas, y experiencias que
ocurrían. Hicimos una investigación sobre el material fotográfico y
cinematográfico para recoger una gran variedad de imágenes en el caso de la
fotografía y de relatos visuales en el caso del cine. Formamos grupos de gente
que viaja intensamente por la ciudad, grupos focales de ocho a diez personas.
Integramos un grupo con repartidores de alimentos, otro con madres que llevan
los niños a la escuela, otro con policías de tránsito, otros de estudiantes que
vivían lejos de la universidad, en fin... Buscamos una cierta heterogeneidad
sin pretensión de exhaustividad, pero, para recoger experiencias diversas y ver
cómo reaccionaban. La técnica consistía en mostrarles cincuenta fotos sobre una
mesa, que habían sido tomadas en distintas épocas entre 1950 y 1995. Algunas
fueron tomadas por extranjeros, la mayoría por fotógrafos mexicanos. Le
solicitábamos a cada grupo que eligiera las diez fotos que le resultaban más
representativas acerca de la forma en que se viajaba por la ciudad. En ese
momento se iniciaba una discusión acerca de qué fotos, y cómo se viajaba antes
y cómo se viajaba ahora, por qué hay tantas dificultades; aparecían bocetos de
explicaciones. Se grabó todo ese material, se hacían muy pocas preguntas. Por
lo general, en una hora de análisis de las fotografías la gente se entusiasmaba
y le imprimía su propia dinámica al trabajo. Al final, les preguntábamos qué
fotos faltan.
Después, en una
segunda hora de trabajo colectivo mostrábamos durante veinte minutos la edición
de escenas de varias películas, también de distintas décadas, donde aparecían
viajes por la ciudad. Hacíamos el mismo ejercicio, que seleccionaran las que
consideraban más representativas.
Surgió algo
semejante en todos los grupos, de distinto nivel, de diferentes ocupaciones y
edades: las fotos disparaban muchos más comentarios, eran más estimulantes. En
cambio, las escenas de narración cinematográfica eran más débiles en cuanto alo
que provocaban. Nos preguntamos por qué. En realidad, esto surgió después del
trabajo con la gente, cuando ya teníamos el material, y no podíamos volver a
trabajar con los mismos grupos. Pero la hipótesis que me resultó más atractiva
tiene que ver con una cuestión relativamente formal: la fotografía da una sola
imagen que puede ser interpretada de muchas maneras. El relato cinematográfico
da muchas imágenes, pero encadenadas por una narración que establece un sentido
bastante preciso de los hechos. Por lo tanto, el relato cinematográfico
permitiría imaginar menos sobre aquello que vemos. El cine está induciendo una
cierta lectura de los procesos.
Otra evidencia que
apareció en la investigación: nosotros ya habíamos hecho encuestas y
entrevistas sobre los viajes por la ciudad, teníamos una información
contextual, incluso estadística, acerca de cuánta gente viajaba en el Metro por
día, cuántos lo hacían en otros medios de transporte, cuántos lo hacían en
automóvil. Sin duda, la fotografía aparecía como una pregunta más abierta que
la pregunta verbal y, a su vez, la fotografía fue capaz de disparar respuestas
diversas que lo que permitió la narración cinematográfica que condicionaba más
la respuesta. Son algunas evidencias de la fecundidad de unas y otras técnicas;
de unos y otros recursos de provocación de la información.
El otro comentario
metodológico que me surge de las encuestas utilizadas para captar información
sobre aspectos cualitativos, como por ejemplo cuáles son los colores, los
sabores atribuidos a las calles de una ciudad o qué es lo que se considera como
el centro de una ciudad. Esas preguntas tienen dos aspectos que me han llamado
la atención. Uno es que, en general, la búsqueda indirecta a través de
referencias afectivas expresa sensaciones, movimiento de la afectividad, pero
da poca información sobre la conceptualización de lo urbano. En este sentido,
no considero muy fecunda la utilización de encuestas para explorar aspectos
extremadamente cualitativos y estéticos, como serían los del color o el sabor.
El otro problema que surge en el estudio comparativo de muchas ciudades, como
el que coordinó Armando Silva, es que aparece una diferencia en cuanto a la
capacitación explicativa-interpretativa de los autores de los diferentes
libros. Por ejemplo, el libro de Armando Silva sobre Bogotá, sobre los
imaginarios urbanos en Bogotá, es muy sutil, muy sofisticado, tanto para la
construcción del objeto de estudio, como para la interpretación del material.
No es la misma situación la que se expresa en los otros casos, de otras
ciudades. El libro sobre Barcelona parece una descripción ni periodística ni
turística, pero claramente no es científico-social. Es otra aproximación. En
otras ciudades, el libro sobre Santiago de Chile, por ejemplo, es mucho más
elaborado, más complejo porque está hecho por personas que tienen un
conocimiento de teoría social y cultural sólido. Entonces, las preguntas de
partida y la organización de la información hacen interactuar todos estos
niveles cualitativos y cuantitativos; los discursivos y no discursivos.
Hay un aspecto más
que me parece percibir en esa serie, y en otros trabajos sobre imaginarios
urbanos: que la experiencia etnográfica prolongada, que puede estar basada en
ser un habitante de la ciudad o en hacer periodos prolongados de trabajo de
campo da una densidad que no se puede obtener con una encuesta, ni siquiera con
una encuesta que busque lo cualitativo.
AL. Entonces
¿podríamos reconocer que lo cualitativo tiene una centralidad metodológica
enorme para los imaginarios urbanos? Aun cuando ello no niegue la importancia
de recurrir a las dos perspectivas. En cuanto a estos estudios comparativos en
términos de América Latina, evidentemente hay una diferencia sustancial en
cuanto a la perspectiva de los autores, pero también me pregunto si la
diferencia entre las ciudades mismas no es acaso un problema para la comparación.
NGC. Por supuesto. Tanto la diferencia en el tamaño de las ciudades o las
diferencias en las experiencias históricas entre unas ciudades y otras, así
como los distintos modos de organizar el espacio, las hacen distintas. Esto
tiene consecuencias sobre afirmaciones modernas o posmodernas respecto a lo
urbano, cuando se comparan ciudades europeas y latinoamericanas. Así, por
ejemplo, en ciudades con larga organización que, como las europeas, muy
estructuradas, con una cuadrícula, con un tipo estable de interacciones, una
distribución de la población en el espacio muy establecida y donde el ritmo de
crecimiento no fue tan rápido, la exaltación de la fragmentación urbana tiene
implicaciones distintas que hacerlo en las ciudades latinoamericanas. En esas
ciudades europeas exaltar la fragmentación es quizá propiciar la
democratización, la descentralización, el análisis particular de las distintas
experiencias urbanas, la consideración específica de actores muy distintos. En
América Latina, la exaltación de la fragmentación es la consagración del
desorden y es una forma de prohibirse pensar la necesidad de la planificación
macro que, aunque sea difícil, sigue siendo urgente.
AL.: De todo esto me surge una inquietud: ¿si finalmente los imaginarios
urbanos, como perspectiva para estudiar la ciudad, son realmente una mirada
novedosa, o si, acaso no estaremos llamando con otro nombre a perspectivas que
anteriormente ya las teníamos, las planteábamos, se utilizaban.
NGC. Es un problema, no sólo de lo urbano sino en general de los estudios
sobre la cultura o sobre los procesos simbólicos: la forma de nombrarlos suele
implicar una delimitación, una caracterización del objeto de estudio, que tiene
consecuencias o implicaciones para la investigación. A pesar de toda la
discusión y la dificultad que actualmente tenemos para definir la cultura, ésta
sigue siendo la expresión más abarcadora, sobre todo si hablamos de procesos
culturales, no de cultura sustantiva, sino de lo cultural, como dice Arjun
Appadurai, de los procesos culturales. Así nos remitimos a un universo de
conocimientos y de caracterización de los procesos más específicos, más
abarcador aun que al hablar de imaginarios.
No obstante, es
pertinente hablar de imaginarios, pero me parece que es una problemática
dependiente de cuestiones culturales más amplias. Por ejemplo, con la noción de
procesos culturales podemos analizar imaginarios, pero encontramos también
recursos en las teorías socio-antropológicas de la cultura para estudiar
aspectos físicos o institucionales de la oferta cultural, de la distribución en
el espacio urbano, de las desigualdades que se crean cuando los teatros están
todos concentrados en una zona o las librerías en otra, o las universidades en
otras, y las fábricas y los lugares de baile en otras. Existen aspectos de los
procesos culturales que tienen una base institucional importante, que tienen un
sustento socio-económico y demográfico objetivable. Las teorías
socio-antropológicas de la cultura dan una caracterización e integran un
conjunto de recursos metodológicos como para trabajar más integralmente los
procesos, que si nos limitamos al exclusivo análisis de lo simbólico con el
consecuente riesgo de textualización, o de considerar sólo las representaciones
imaginarias sin los soportes.
AL. Entonces, ¿los imaginarios se pueden entender sobre una perspectiva
antropológica más amplia, y por lo mismo no deberíamos hacer sinónimos
imaginarios urbanos y cultura urbana? Si lo vemos así, tomaría mayor sentido
estudiar la ciudad desde los imaginarios urbanos porque, así como lo podríamos
sustentar con teorías antropológicas más amplias, también lo podríamos
sustentar con teorías sociológicas, teorías de geografía humana. En síntesis:
¿podríamos pensar a los imaginarios urbanos como tributarios de una cuenca
amplia de transdisciplinariedad?
NGC. La noción de
imaginarios remite más a aspectos donde lo real, lo objetivo, lo observable es
menos significativo. Reconoce más fuertemente el carácter imaginado. Estamos
frente a un proceso de fundamentación y reconstrucción incesante del objeto.
AL. Esto tiene mucho sentido para los estudios urbanos porque finalmente,
aunque algunas disciplinas han contribuido fuertemente a ellos, siempre han
sido transdisciplinarios, se han desarrollado entre disciplinas, atravesando
disciplinas, en el diálogo entre disciplinas. Así, me pregunto si los
imaginarios urbanos podrían ser una nueva etapa de los estudios urbanos, en la
que se relativiza el peso fuerte de lo material.
NGC. Es una necesidad en cualquier objeto de análisis de las ciencias
sociales. La época de los estudios de los modos de producción, como fueron los
económicos, o la globalización como un proceso solo económico y tecnológico, se
mostró muy insuficiente. Quien no considere los aspectos imaginarios de la
globalización entiende poco.
Etiquetas:
Cultura Urbana,
García-Canclini
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